Corría el año 2000 cuando el director Ridley Scott hizo una de romanos, Gladiator. Russell Crowe, en el papel del general Máximo convertido en gladiador después de ser esclavo, buscaba venganza “en esta vida o en la otra”. Como buen homenaje a las antiguas películas de estas características llamadas péplums, el metraje era un canto a la épica y al aceite de oliva encima de los cuerpos musculados. Gladiator triunfó aquel año tanto en taquilla como recogiendo premios, entre otros, cinco de los doce Oscars a los que estaba nominada.

¿Puede un film lleno de excesos como éste ser también eficiente energéticamente? La respuesta es sí. Gladiator fue una de las primeras películas del género en recrear escenarios y multitud de extras a través de los efectos digitales. Gracias a ello, pudo volver a rodarse una historia como las de antes. En las escenas de luchas en el Coliseo, por ejemplo, solo las dos primeras filas de público están realmente ocupadas por figurantes de carne y hueso. El resto de miles de personas fueron animadas por ordenador.

Por otro lado, decorados y atrezzo que se construyeron para la ocasión, como los de Ouarzazate (Marruecos), fueron usaros posteriormente en proyectos como Juego de Tronos, Lawrence de Arabia o La pesca del salmón en Yemen.

¿Era necesario construir una réplica del Coliseo de Malta? Tal vez no. ¿Podría Ridley Scott haber sido más eficiente rodando Gladiator? Sin duda. Pero a ella debemos avances en los efectos digitales que no solo hicieron posible el film, sino que aportaron recursos para que los films posteriores fueran más eficientes.

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